La figura del cojo en la literatura popular no goza de buena salud.
Por lo general, el cojo es un personaje rastrero, cuando no arrastra una pierna arrastra su dignidad. Tal vez sea porque antes, al perder el cojo su capacidad de realizar trabajos físicos, que son los únicos que valora el populacho, no le quedaba más remedio que convertirse en pordiosero, incómodo para la vista y para el quehacer diario. Además, el cojo, de no ser que su lesión sea muy evidente, puede ser confundido con un estafador, un timador que se hace pasar por cojo para aprovecharse de la caridad de los demás.
El cojo habita con la picaresca y no siempre por necesidad.
Así lo hizo Miguel
Pellicer, "el cojo de
Calanda", en
Teruel. Un mago ambulante sin escrúpulos, en realidad, o un '
performer' anticipado, como quieran ustedes. Tuvo la brillante idea de hacerse pasar por lisiado usando un truco de circo que
contorsionaba y escondía su pierna derecha.
Le funcionó bien y estuvo
parasitando la humanidad y los bolsillos de sus vecinos, pero el invento era incómodo y su avaricia quiso llevarlo más lejos.
Para terminar con la farsa evitando ser linchado decidió que iba a otorgarse el don de haber sido milagrosamente curado por la Virgen del Pilar, que le había hecho crecer la pierna incluso con las cicatrices que tenía antes de que se la amputaran.
Con un perfecto dominio de la creatividad conceptual
posmoderna, al más puro estilo
Joan Fontcuberta y con la ambición del dinero como bandera, perpetró un engaño
mediático.
El espectáculo fue tan convincente que el Arzobispo de Zaragoza lo registró inmediatamente como milagro por intercesión de la Virgen el 29 de marzo de 1640 ante notarios y autoridades. La historia se hizo popular en toda Europa.
Seguro que en
Calanda todavía hay más de uno que piensa que fue cosa de las sobrenaturales fuerzas del bien o de la magia de los extraterrestres del cuarto milenio, pero en el imaginario colectivo lo que queda de estas historias es que los cojos son unos farsantes.
Por no hablar del cojo Manteca, o Mantecas, que lo mismo es un revolucionario estudiantil destrozando carteles de metro que un monstruo
comeniños que se los asa a la parrilla.
El cojo suele ser el malo; pero no el villano poderoso sino el acólito ignorante y traidor. Es malo por necesidad, por supervivencia, por lo que además de malo es
chaquetero, ya que siempre
actúa por su propio interés. A menudo huraño y solitario como el pirata
Patapalo.
Los cojos son brujos, hechiceros o dioses del fuego, como
Hefestos o el mismísimo Diablo, y están cojos como castigo por su desobediencia a los Dioses, por una insuficiencia espiritual.
Pobres, pobres cojos sin ética.
Esta concepción negativa del cojo se deja ver en muchos refranes castellanos.
Podemos clasificar los refranes de cojos según el defecto al que estos apuntan.
El cojo como impostor: No sé quien tendrá la culpa pero parece que al cojo no se lo cree todo el mundo. A menudo se le acusa de usar la cojera en función de sus propia suerte para evadir compromisos. Aquí hay algunos ejemplos que dejan al cojo como una persona
quejica e interesada:
"No voy a misa porque estoy cojo, pero a la taberna me voy poquito a poco."
(Pueden cambiar "misa" por trabajo, casa de la suegra o la obligación social que más les disguste; la palabra "taberna" debe permanecer inmutable, sin embargo. España es así.)
"Cuando salta la liebre, no hay galgo cojo."
('
Ánimalico', lo tendrán sin comer. Aún
doliéndole le compensa la carrera.)
"Cojo con miedo corre ligero."
(No te fastidia...supervivencia una vez más.)
El cojo como estorbo, señalando directamente el defecto físico aunque solo se cite como ejemplo para criticar a otra persona. La cuestión es criticar y el cojo es un buen arma arrojadiza. Estos refranes son los menos dañinos para la imagen del cojo porque solo repiten lo evidente.
Sí, los cojos son lentos.
"Eres más lento que un desfile de cojos."
(no puedo evitar acordarme del
videoclip "
Thriller" de M.
Jackson)
"Se coge antes a un mentiroso, que a un cojo."
(O si lo prefieren: "las mentiras tienen las piernas cortas")
"No te rías de un cojo sin saber como andas tú."
(Eso, que lo mismo te llevas dos hostias.)
El cojo como
egoísta, egocéntrico y mala influencia de ignorancia contagiosa. Debe de ser porque no se mueve mucho y se acaba haciendo
localista y criticón, de patio de escalera e informe de la barrida, "¡que se habrá
creído el cojo de las narices!
Ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio".
El cojo critica todo lo que ve porque está amargado y quiere repartir su miseria.
(¡Cáspita!, ese puede ser el caso de este blog. Sí, he escrito cáspita)
Aquí les dejo tres refranes que demuestran la bajeza espiritual del cojo:
"Todo cojo le echa la culpa al empedrado."
(Dando por hecho que él se cree solo una
víctima del mundo.)
"Hablo el cojo en la puerta el manco."
(Como
maruja envidiosa y torpe)
"El que va con un cojo, al mes cojea."
(Además cojea de la moral.)
Pero no se asusten, también hay cojos buenos. O tal vez debería decir cojos adaptados que no parecen malos, en la literatura que yo conozco, me refiero.
Además de otros cojos históricos como San Ignacio de
Loyola,
Shakespeare,
Quevedo,
Tayllerand,
Walter Scott, Lord
Byron o
Roosevelt, hay reyes cojos y niños cojos que provocan compasión: como los niños creados por Charles
Dickens o
Victor Hugo. Pero mi preferido es un personaje que pasa desapercibido en una historia de la que es el
co-protagonista:
El niño que delata el escondite del flautista de
Hamellín.
Seguro que no necesito recordarles el principio de la historia: las ratas y el flautista
mal pagado que se enfada y se lleva a los niños, pero pocos se acuerdan del final. El cojo inadaptado al que nadie esperó para la fiesta quedó fuera de la guarida cuando cerraron las puertas. Él fue quien hizo la llamada al 102 y dijo a los
GEOS dónde se habían escondido
exactamente.
Creo que era así.
Sirvan estas imagenes de mi cosecha para
ilustrar el cuento del cojo reinsertado.
Realizadas para la empresa de artículos de fiesta "Invercas".